Antes de la jungla, hubo un reino de hielo
Antes del caos, hubo un mundo de gigantes y estrellas
y antes de Torvak hubo una profecía
Los antiguos nos lo contaron, y los ancianos lo transmitían cada noche a la luz de las hogueras, en leyendas que parecían eternas. Antes de que las verdes junglas cubrieran las tierras de Hiperbórea, existió un mundo blanco. Un reino dominado por el hielo y el frío, cubierto de vastos bosques y habitado por criaturas de gruesos pelajes que pastaban en armonía.
Fue una era de paz y abundancia, donde los arios disfrutaban de la generosidad de la naturaleza, que florecía con la llegada de la primavera y el verano.
Solo en las remotas tierras del sur, separadas por cientos de días de travesía, se extendían desiertos infinitos de arena dorada, gobernados por los sangrientos y despiadados hombres de piel oscura: los Maulok.
Pero un día, el viejo mundo colapsó. Los dioses enviaron una tormenta de fuego desde las estrellas, desatando el caos, las llamas y la oscuridad. Toda forma de vida en Hiperbórea fue arrasada, y durante eones reinó el silencio.
Hasta que, lentamente, la vida volvió a abrirse paso entre las sombras… y con ella, crecieron las vastas y salvajes junglas que ahora cubren la tierra de los antiguos bosques de hielo.
Aunque la oscuridad reinó por miles de lunas, no todos los animales murieron. Muchos de ellos se adaptaron a los nuevos paisajes, sobreviviendo como habían hecho en el pasado. Nuestro pueblo, los arios conquistaron poco a poco las junglas, llegando a ser cientos de tribus separadas por un territorio vasto e inmenso.
En los días finales del mundo blanco, cuando el hielo aún susurraba secretos a los árboles milenarios y el sol apenas se atrevía a cruzar el cielo, nació Torvak bajo una tormenta sin precedentes.
Era la noche del Sol Roto, cuando los dioses discutieron entre truenos, y el cielo se partió en un rugido. Las mujeres de la tribu Aria no salían de las cuevas en esos días, pero Lirya, la más joven entre las sanadoras, sintió el llamado del trueno. Salió sola, con el vientre hinchado de vida, y parió a su hijo a los pies del Roca del Eco, el lugar sagrado donde los chamanes hablaban con los espíritus del hielo.
Dicen que cuando Torvak llegó al mundo, un rayo cayó a pocos pasos, sin herir a nadie. Las ancianas lo vieron como un presagio: “Este niño no ha nacido para morir con los demás.”
Torvak creció entre mamuts, lobos blancos y el crujir del hielo eterno. A los cinco inviernos, ya corría por los riscos con un cuchillo de hueso. A los ocho, cazó su primer tharnuk, un jabalí prehistórico de colmillos negros. No lloraba, no pedía ayuda. Su madre le decía que tenía “el alma de un oso y la mirada de un águila”.
Vivía rodeado de historias. Su abuelo, el viejo Harvak, le hablaba por las noches sobre los antiguos titanes que tallaron las montañas y los dioses que se escondieron tras el firmamento. Torvak escuchaba en silencio, grabando cada palabra en el corazón.
Pero la paz no dura en tierras tocadas por el destino. Cuando Torvak tenía diez ciclos, el firmamento volvió a romperse.
Un meteorito ardiente cruzó los cielos, rugiendo como un dios herido. Cayó lejos, pero el temblor sacudió hasta las cuevas más profundas. Las nieves se derritieron. El agua se volvió negra. Criaturas mutadas emergieron de la selva que comenzaba a brotar donde antes solo había hielo.
El mundo cambió. En el caos, su madre fue devorada por un saberión . Su padre, Borlan, murió sosteniendo la entrada de una grieta para que Torvak escapara con los más jóvenes. El niño huyó solo hacia el sur, hacia lo desconocido.
Torvak sobrevivió en la naciente jungla de Hiperbórea. Aprendió a rastrear por instinto, a construir lanzas de piedra y a imitar los sonidos de los depredadores para asustarlos. Dormía en los árboles, cubierto con pieles. Luchaba contra los elementos y las bestias... y siempre salía con vida.
No tenía tribu.
No tenía guía.
Pero cada noche soñaba con un trueno lejano. Como si los dioses aún lo miraran.
A los diecisiete, en la noche sin luna, Torvak se enfrentó a un saberión negro con sus propias manos. No huyó. Lo esperó. Y cuando la criatura saltó, él la enfrentó con una lanza improvisada y el rugido de un espíritu salvaje. Cuando amaneció, estaba cubierto de sangre… pero seguía en pie. Desde entonces, la jungla empezó a murmurar su nombre.

Durante tres ciclos más —invierno, fuego y lluvia— Torvak vagó por las entrañas verdes de Hiperbórea, convertido en un espectro solitario. Las selvas no eran un lugar para hombres… y sin embargo, él se volvió parte de ellas.
A los veinte inviernos, su cuerpo era como la corteza de un árbol antiguo: firme, marcado, fuerte. Sus ojos azules brillaban entre la sombra como un lobo cazador, y su melena dorada caía por sus hombros como el río sagrado de los ancestros.
Un día, siguiendo el rastro de unos simios alados, Torvak cruzó una grieta escondida tras una cascada. Más allá encontró un valle oculto entre los acantilados, tan profundo que el sol apenas tocaba el suelo, pero cálido, fértil y lleno de vida.
Allí, por primera vez en muchos años, escuchó voces humanas.
Era el Clan de las Rocas Azules, un grupo de arios que había sobrevivido al cataclismo refugiándose en el valle, aislados del resto del mundo. Al principio, lo miraron como a un demonio del bosque. Estaba cubierto de pieles, armado con dientes de bestias, y sus ojos hablaban en silencio. Pero una anciana lo reconoció.
—"Este es uno de los nuestros... Mira su sangre, su fuerza. Él carga el fuego del cielo."
El jefe del clan, Evaran Cuerno de Niebla, decidió acogerlo. Torvak no hablaba mucho, pero sabía luchar, cazar, rastrear. En poco tiempo, se convirtió en protector de los niños, maestro de los jóvenes, y guardián de los límites.
Pero no todo fue guerra. Porque allí, entre esas chozas de piedra y madera, Torvak vio algo que le hizo dudar por primera vez de su destino.
La vio a ella. Tenía los ojos del cielo tras la tormenta y el cabello dorado como la miel salvaje. Lyhara era hija del jefe, una joven, inteligente, feroz con el arco, pero también de sonrisa cálida y pasos ligeros. Al principio lo evitaba. Torvak era demasiado salvaje, demasiado callado, como si la selva aún hablara a través de él.
Pero Lyhara también escuchaba los árboles.
Y así, entre noches de historias, trofeos de caza conseguidos con bravura, y hazañas sorprendentes descubriendo tierras lejanas.. Lyhara empezó a sentir interés en el joven salvaje llegado desde el corazón de la selva. Había nació entre ellos un vínculo que ni la jungla pudo romper.

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